Los celos pueden definirse como un estado subjetivo caracterizado por una sensación de frustración al creer que ya no somos correspondidos emocionalmente por las personas queridas o, al menos, con la intensidad y frecuencia que deseamos o necesitamos.
Si aparecen celos por la llegada de un hermano pequeño, en cierto modo, el niño se protege y reclama seguir teniendo la misma atención que se le consentía antes y que ahora tiene que compartir con el recién nacido.
Un error de la madre es sentirse culpable al darse cuenta de la aparición de los celos. Lo único que puede hacer es darle cariño a su hijo mayor y avisar a las visitas para que le presten atención a él también y no sólo al recién nacido.
Las reacciones más frecuentes son cambios en el comportamiento y conductas infantiles: incremento de la desobediencia, niños más llorones, irritables y nerviosos, agresividad creciente dirigida al principio contra la madre y posteriormente contra el hermano, o un retraimiento que desemboca en relación hostil con el hermano.
Otras reacciones más infantiles pueden ser que el niño se vuelva a hacer pipi o caca encima, que utilice de nuevo el “lenguaje bebé”, que vuelvan las rabietas o se observen cambios en el sueño.
La duración de los celos que vive un hijo en la familia depende única y exclusivamente de la actuación de los padres. Sus consecuencias sobre el hijo mayor o los hijos mayores pueden quedarse en una crisis temporal, padecida dentro de unos límites razonables, o prolongarse a lo largo de toda la infancia.
La intervención clara de los padres es esencial para que los celos no representen un sufrimiento para el niño mayor, de modo que es preciso evitar que la rivalidad entre los hijos sea duradera.
Es importante tener en cuenta que los efectos de unos celos mal resueltos pueden cambiar el carácter del niño o aumentar algunos defectos de su temperamento como el egoísmo, la envidia o la codicia.
Se podrían separar tres etapas esenciales en la labor de desactivar y/o apaciguar los celos ante un hermano recién nacido: en el embarazo, durante el parto y en el regreso a casa.
El papel de la madre y del padre, por separado y en conjunto, tiene que ser muy eficaz a lo largo de estas tres etapas para evitar la prolongación de la envidia. Hay que ser consciente en todo momento de que ningún niño está preparado para recibir otro hermano y que la recepción de dicha noticia depende solamente de sus padres.